jueves

22

June

2017


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[CARACAS OSCURA] El cuento de los parqueros

[CARACAS OSCURA] El cuento de los parqueros

Una vez un pana me dijo: “todos los parqueros controlan perico”. El pana era súper malportado, así que en este tipo de temas nunca lo contradecía. De entrada me pareció que era una frase absolutista, que estaba exagerando y que no era más que uno de esos mitos urbanos que todo el mundo comenta, pero nadie se atreve a corroborar. A mí nunca me gustó jugar esos deportes extremos, lo mío era beber. Hasta el máximo, sí, pero solamente el alcohol.

Luis (para llamarlo así) sí era experimentado. Cuando íbamos a las rumbas electrónicas o cuando estaba súper borracho, lo veías entrampado en los polvos mágicos y hablando pistoladas que nunca entendían muy bien. En fin, vamos a la noche donde intentó demostrar su teoría. Caminamos desde Chacaíto por toda la principal de Las Mercedes. Iba filosofando acerca de cómo las fiestas acá terminan muy temprano y siempre queda uno demasiado picado. Hablaba y hablaba y yo solo pensaba en nuestra hazaña urbana de ir preguntándole a cada uno de los parqueros si eran dealers. “Marico, estás loco, nos van a meter un tiro”, le decía. Él ni me respondió, seguía en sus disertaciones. Caminamos y caminamos hasta llegar al Tolón. Recuerdo que me puse tan nervioso que pensé en decirle a unos Polibaruta que estaban estacionados allí que me estaban robando. No sé, cualquier vaina que me sacara de esa situación.

Me fumé un cigarro mientras pensaba qué coño hacía con ese loco en Las Mercedes a las 11 de la noche un viernes de quincena. Después de ese respiro de nicotina empezamos a caminar hacia las transversales. Había burda de gente en la calle. Les juro que estaba burda de cagado, pero al mismo tiempo tenía un morbo inexplicable que hacía que mis piernas caminaran solas. A los 15 minutos, Luis ya estaba hablando con uno de los parqueros de la zona. Yo estoy un poco más alejado y veo la acción desde lejos. Muecas. Manoteos. Creo que estoy entendiendo el código. Señas. Muchas señas. Luis me ve, chequea que sigo allí y voltea para seguir con su transacción. Pasan unos minutos, veo una despedida extremadamente amistosa (supongo que este es el momento donde hacen la transferencias de los bienes) y una sonrisa idiota en su cara. “Eso está listo, papá, ya controlada la merca, vamos a achantarla acá un pelo y seguimos con el experimento. Hoy vamos a volverlos locos” me dice en voz alta. Ahí fue cuando entendí que Luis lo que quería era lanzarse una rumba descomunal. Me cagué, lo admito. Y mi pana lo supo. ¿Crees que le importó? Pues no. Ese bicho es como los perros, huelen el miedo. Estuve pensativo lo que para mí fue un ratico, pero la verdad tuvo que haber pasado como media hora porque vi caminando a Luis bien lejos. “Coño e’ su madre”, pensé. Volteé hacia todos lados paranoico. En eso veo que Luis arranca a correr hacia donde estoy yo gritando exacerbado: “VAMOS A VOLVERNOS LOCOS”. Admito que en este punto de la historia me quería ir a mi casa ya. Volteo hacia atrás para asegurarme de que nadie nos está viendo. En eso siento un reflejo azul alternado con uno rojo a lo lejos. Los pacos llegaron. Mierda. No sabía si correr o quedarme parado allí. Yo quería irme, pero mis pies pesaban como un plomo. La patrulla ya estaba cerquita de Luis. Hasta ahora no sé si es que él no la vio o no le importó, porque lo que hizo fue exagerar aun más sus expresiones. Todo lo que pasó después fue muy rápido. Recuerdo a Luis sin camisa. Corriendo. Los policías gritando. La gente de los locales cerca viendo el espectáculo. Luis esposado y pegado a la patrulla. Yo paralizado. Luis señalándome. Unos gritos que decían: “Pero estoy haciendo un experimento… le estoy enseñando a mi amigo que todos los parqueros controlan”. Yo escondido. El corazón acelerado. Hasta creo que me cagué y todo. Cuando caí en cuenta Luis ya estaba metido en la patrulla. A mí me preguntaron y yo dije que no lo conocía. Que empezó a gritar así a lo loco y yo estaba parado allí. Ese día fue la última vez que vi a Luis.

Yo no sé si es verdad que todos los parqueros venden perico, como dice mi pana. Eso tiene que ser una exageración absolutista sin ningún tipo de base, pero siempre que veo a un parquero todavía me cago de la risa.

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